Villarrobledo fue, durante siglos, uno de los principales centros productores de tinajas en España. La calidad de la arcilla y una economía local vinculada al vino y al aceite favorecieron el desarrollo de un oficio altamente especializado, que llegó a tener un peso económico y social fundamental en la localidad.
El trabajo de los tinajeros no se concentraba de forma dispersa, sino que se organizaba en un barrio específico, conocido tradicionalmente como el barrio de los tinajeros. En él se localizaban los talleres, los hornos, los barreros y las viviendas de los tinajeros y familiares, conformando un paisaje productivo propio. Este entorno no solo era un lugar de trabajo, sino también un espacio de vida, donde la infancia, las relaciones vecinales y la transmisión del oficio formaban parte de una misma realidad cotidiana.
La técnica de fabricación de las tinajas se realizaba mediante el sistema de churros o rollos de barro, superpuestos manualmente hasta alcanzar grandes dimensiones. Este proceso exigía una enorme destreza técnica, un profundo conocimiento del material y una experiencia adquirida a lo largo de años de práctica. Cada fase —desde la extracción y preparación de la arcilla, el levantado de la pieza, el secado controlado o la cocción en hornos de gran tamaño— implicaba riesgos, esfuerzo físico y un saber hacer transmitido de generación en generación.
El aprendizaje del oficio comenzaba a edades tempranas. Los niños crecían en los talleres, observando y ayudando en tareas auxiliares, interiorizando el ritmo de trabajo y el lenguaje propio del oficio.
A partir de finales del siglo XIX y comienzos del XX, la producción de tinajas alcanzó su máximo desarrollo, coincidiendo con la expansión de la viticultura. Sin embargo, los cambios en los sistemas de almacenamiento, la industrialización y la aparición de nuevos materiales provocaron un rápido declive del oficio. Tras 1926, muchas tinajerías cerraron y el barrio fue perdiendo progresivamente su función productiva.
Hoy, la tinajería de Villarrobledo pervive gracias a la continuidad de algunos talleres familiares y a la recuperación del valor cultural, histórico y patrimonial de estas piezas. Las tinajas ya no se entienden únicamente como objetos utilitarios, sino como testimonios materiales de un saber ancestral, de una identidad local y de una memoria compartida que sigue viva a través de quienes mantienen la técnica y el oficio.
Este proyecto nace con la voluntad de conservar, difundir y poner en valor esa herencia, integrando la tradición en el presente y reivindicando la tinaja como una pieza única, cargada de historia y significado.

